sangre

Publicado el viernes, 26 de agosto de 2011 en El Jugador - 8293 visitas

Jimmy Connors alimentó como pocos el vampirismo de la afición neoyorquina. Cinco veces ganador del torneo, el ex número uno del mundo dispensó durante más de dos décadas su chute de adrenalina al heterogéneo público local, nunca conforme con el tenis en su versión simplificada. Jimbo debutó en 1971 y perdió por última vez en la segunda ronda de 1992, ya con 40 años, dejando como fuego perenne en la memoria el paso por la edición de 1991.

Jimmy Connors alimentó como pocos el vampirismo de la afición neoyorquina. Cinco veces ganador del torneo, el ex número uno del mundo dispensó durante más de dos décadas su chute de adrenalina al heterogéneo público local, nunca conforme con el tenis en su versión simplificada. Jimbo debutó en 1971 y perdió por última vez en la segunda ronda de 1992, ya con 40 años, dejando como fuego perenne en la memoria el paso por la edición de 1991. Sólo Courier logró darle caza en las semifinales, después de una sucesión de actuaciones colosales en las que reiteró con ensañamiento un inveterado instinto de supervivencia. "La gente quiere sangre, y yo se la doy", solía decir.

El US Open, Es el torneo que concentra las mayores fuerzas del tenis mundial y sólo el mas fuerte será el vencedor Existe un paralelismo evidente entre el norteamericano y Rafael Nadal, por mucho que el signo de la historia haya situado al español a la vera de Bjorn Borg. El propio Toni Nadal señalaba a Connors como una de las pistas a seguir en las primeras tentativas serias del bicampeón de Wimbledon por triunfar sobre la hierba. Zurdo como él y residente en la línea de fondo, Nadal comparte también su extraordinaria fiereza, la capacidad de amedrentar a los contrarios por el carácter indomable, por su capacidad para sobreponerse a cualquier castigo. Existen incluso evidentes similitudes gestuales, una puesta en escena común, el estallido al unísono, con tanto tiempo de por medio, a la hora de consumar un punto medular, en la adquisición definitiva del improbable pasaje de regreso. Nadal, al igual que Connors, tiene un pacto de retroalimentación con la grada.

Este torneo siente adoración por él, una pasión generalizada en todo el mundo que se singulariza allí. Nueva York disfruta con particular sensibilidad de su beligerancia, del talante ardoroso, guerrero, que llega directo al corazón y compone un espectáculo mayúsculo en la ruidosas noches de Flushing Meadows, entre el alboroto y la atención de anónimos y célebres, éstos tan pendientes del juego como de ser recompensados con su propia imagen en las pantallas del recinto. El US Open es fajarse sin desmayo, es chocar sin miedo sobre el asfalto incandescente y seguir siempre de pie. Es el valor, el que necesitarán los llamados a pujar por la copa. Novak Djokovic llega como una víctima de su propia voracidad, necesitado de ocupar coyunturalmente el papel al que redujo a otros, los que capitularon ante la dificultades que entrañaba la empresa de vencerle. Roger Federer sólo tiene el pasado de su parte, el penta sellado en la raqueta, habrá que ver si como algo más que una condecoración de muchas guerras ilustremente ganadas. Nadal, el último campeón, aparece con el orgullo herido, aún sabedor de lo peligroso que resulta en las distancias largas. Qué mejor escenario para rebatir a quienes le dan por muerto cuando aún puede quedarle por atravesar la mitad del camino. Andy Murray, que tan bien se mueve en las trincheras, buscará hacer fortuna en medio de tanta confusión, sacar la cabeza de una vez y demostrar que posee lo exigible para pujar por uno de los grandes.

En Nueva York asomó por primera vez el genio de John McEnroe. En Nueva York plasmó Marat Safin lo mejor de sí, en un grado cercano a la perfección, y precipitó su estallido Juan Martín del Potro, dueño de un zarpazo devastador. En Nueva York ganó Pete Sampras el último de sus 14 majors cuando ya nadie daba un centavo por su gastada raqueta, en el que fue también el último partido de su vida. Nueva York, epítome de la gran urbe moderna, mostrará el lado más salvaje del tenis, deseosa, tal vez más que nunca, de ver cómo corre la sangre.


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Via | elmundo.es
Tags : Jimmy Connors | adrenalina | sangre | Flushing Meadows | US Open


Publicado el sábado, 02 de octubre de 2010 en El Jugador - 14425 visitas

Nieminen venció al alemán Benjamin Becker por 6-3 y 6-2 en 65 minutos y será el rival del español en la gran final del torneo.

El español Guillermo García López, un día después de lograr la victoria más importante de esta temporada al derrotar al letón Ernest Gulbis, subió aún más su nivel al batir a su compatriota Rafael Nadal, número uno del mundo, y alcanzar la final del torneo de Bangkok, donde se medirá al finlandés Jarkko Nieminen.

Guillermo García López, en boca de todos al vencer al número uno del mundo El jugador de La Roda superó en dos horas y 45 minutos de lucha a Nadal, por 2-6, 7-6 (3) y 6-3, y alcanzó la tercera final de su carrera. Nieminen por su parte, había vencido antes al alemán Benjamin Becker, por 6-3 y 6-2 en 65 minutos.

Ni siquiera unos problemas lumbares, por los que tuvo que ser atendido en el segundo set en dos ocasiones, impidieron al discípulo de Juan Manuel Esparcia completar el partido de su vida. Guille, que está también en las semifinales de dobles de este mismo torneo, superó sus miedos y con un balance de diez saques directos (42 hasta ahora, siendo el líder en esta semana) liquidó una contienda en la que salía como perdedor de inicio.

No había ganado nunca un set a Nadal

Los dos duelos anteriores contra Nadal, en Valencia 2005 y Madrás 2008, con derrotas sin ganar un set, apenas importaron a García López, que incluso tuvo la sangre fría de encarar el partido cuando Nadal estuvo a dos puntos de llevárselo, con 5-4 en el segundo set.

La clave del encuentro estuvo en el larguísimo segundo set, de una hora y 26 minutos, en el que el de Manacor dispuso de 16 bolas de rotura y no logró concretar alguna. Al final Rafa acabó con un desesperanzador bagaje de 2-26, algo impropio en su contrastado carácter de gran restador.

Nadal buscaba el séptimo título del año, y de paso casi conseguir la cuadratura del círculo. De haberse plantado en la final y ganar el torneo después, se habría hecho con el segundo título de su carrera en pista cubierta, tras Madrid en 2005, y el año hubiera sido magistral para él, al triunfar sobre tierra (Masters 1000 de Montecarlo, Roma, Madrid y Roland Garros), hierba (Wimbledon), pista dura (Abierto de EE.UU.) y, ahora, en sala. Tiene posibilidad aún de hacerlo en el torneo de Shanghai y en la Copa Masters de Londres.

Con la moral por las nubes, tras ganar a la tercera a un número uno del mundo (había perdido dos veces antes contra Roger Federer) encara ahora Guille la final en la que se encontrará con Nieminen, 60 del mundo, con quien perdió la única ocasión en la que se han medido hasta ahora, en Pekín hace seis años, por 7-5 y 6-4.

Será la segunda final del año para García López, que disputó en hierba la de Eatsbourne (Inglaterra). Su único título llegó en Kitzbuhel (Austria), en tierra, ante el francés Julien Benneteau.


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